jueves, 1 de julio de 2010

Cuando un libro era un fusil...

© Ilkhi, 2010

En esta "naturaleza viva", compuesta de: una cámara fotográfica Balda (modelo Rigona) fabricada en Dresde en 1954; un mapa, de la comarca del Gran Bilbao, editado en Madrid en 1958; y un cartucho, del calibre 7,62 x 51, fabricado en Palencia en 1962, hay casi una década comprimida, en lo que se refiere a la aparición existencia paulatina de estos objetos. Pero serían siglos o milenios (lo más cercano a lo eterno), si midiera sus distancias espaciales y las convirtiera en temporales, con todas sus infinitas posibilidades.

Con esta cámara, desde 1972 hasta hoy, he retenido instantes "imperecederos" (siempre he pensado que los instantes perecen), cuando medía, visualmente, la distancia entre el objeto a fotografiar y el plano de la película. Ajustaba la velocidad de obturación y el diafragma, siguiendo las instrucciones de un prospecto que acompañaba al chasis de la película, aunque, aquellas instrucciones no decían nada sobre cómo vivir o sentir aquel instante.

Recorrí conocí espacios tridimensionales con este mapa, después de ver como, inexorablemente, esa geografía bidimensional, que había nacido el mismo año que yo, creaba en mí una geografía cognitiva; y con este cartucho de la fábrica Santa Bárbara, empecé a comprender (valiéndome de una etología pedestre) los comportamientos de las personas con las que me había tocado vivir; el modo en que se había escrito la Historia, no sólo con pluma y tinta, también con pólvora y plomo; cuando un libro era un fusil, y un fusil sería un libro.



© Ilkhi, 2010
 
La memoria cartucho se adaptó al soporte de la cámara/recámara para fijar fusilar unos instantes que simultáneamente morían.




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